He dedicado gran parte de mi vida al desarrollo inmobiliario, y hoy estoy convencido de algo: el futuro de nuestra industria no es únicamente sostenible, sino regenerativo.
Durante los últimos años, la conversación en torno a la sostenibilidad ha ganado fuerza en la industria de la construcción. Pero desde mi experiencia como desarrollador, estoy convencido de algo aún más profundo, el futuro de la arquitectura no es únicamente sostenible, sino regenerativo.
Este cambio de paradigma no nace desde los grandes corporativos ni desde políticas globales, sino desde abajo. Son las nuevas generaciones, aquellas que han crecido escuchando sobre el calentamiento global, los desastres naturales y la crisis ambiental, quienes están exigiendo nuevas formas de habitar el planeta. Y como industria, nos corresponde escuchar, adaptarnos y actuar.
Aunque las señales están claras, la realidad es que todavía no estamos ahí. En el sector inmobiliario, especialmente en desarrollos de interés social, seguimos atrapados en modelos tradicionales, enfocados en reducir costos a toda costa y en reproducir fórmulas que ya no responden a los desafíos actuales. Los márgenes son apretados, el riesgo es alto, y el cambio implica una inversión no solo económica, sino también mental y estructural.
Pero continuar por este camino simplemente no es viable a largo plazo. Hacer “lo de siempre” ya no es opción. Necesitamos una transformación radical en la forma de concebir, diseñar y construir nuestras ciudades.
La industria de la construcción representa el 41% de las emisiones de dióxido de carbono, ese número supera incluso a la industria del transporte, sin contar el impacto de lo que llamamos “carbono embebido”: las emisiones que los edificios generan a lo largo de su vida útil, que puede extenderse por cien años o más. Eso significa que cada construcción que levantamos no solo impacta en el presente, sino que puede seguir contaminando durante décadas. Por eso, no basta con “dañar menos”; tenemos que empezar a regenerar.
Este enfoque regenerativo implica diseñar edificios que purifican el aire, que limpian el agua, y devuelven vida a los ecosistemas. Ya no se trata solo de paneles solares o sistemas de reciclaje, se trata de repensar la arquitectura desde su raíz, desde antes de trazar la primera línea.
Certificaciones como Living Building Challenge o WELL nos muestran un camino más avanzado. Nos invitan a dejar de pensar en construcciones “menos dañinas” y a enfocarnos en crear espacios que sanen. Esto incluye procesos tan profundos como el análisis biofílico del sitio antes de diseñar, o la incorporación de estrategias de diseño pasivo para reducir el consumo energético desde la lógica misma del espacio.
En proyectos como Reserva Santa Fe, hemos implementado varias de estas estrategias, y puedo afirmar que sí se puede construir de forma regenerativa sin elevar drásticamente los costos. Lo importante es cometer los errores en papel, no en el terreno, planear con conciencia, aprender de otros, y aprovechar el conocimiento que ya existe.
En la más reciente conferencia del International Living Future Institute escuché una frase que me marcó: “Nuestro mejor edificio es el siguiente edificio”. Esto resume el espíritu con el que debemos avanzar, aprendiendo de lo construido, mejorando con cada proyecto y asumiendo que el cambio es un proceso constante.
Mi mensaje para las y los jóvenes es, estudien, cuestionen, inspírense. Hoy en día existen ejemplos reales de edificios regenerativos alrededor del mundo. Hay al menos 33 proyectos certificados, y en México ya trabajamos en varios más. El conocimiento está disponible, las herramientas existen, y lo que falta es decisión.
Asimismo, no es cierto que construir de forma regenerativa sea siempre más caro. En muchos casos, representa un ahorro a largo plazo, tanto para desarrolladores como para residentes. Al reducir el consumo energético, optimizar recursos y crear espacios saludables, el valor agregado es enorme. Y más allá del beneficio económico, está el verdadero lujo; vivir en un entorno natural, sano y armónico.
Estamos ante una oportunidad única de redefinir nuestra forma de habitar el mundo. La arquitectura puede ser parte del problema o puede ser parte de la solución. Yo elijo lo segundo, y creo que cada vez más profesionales están caminando en esa dirección.
No se trata de seguir construyendo como siempre, sino de imaginar cómo podemos construir mejor. Porque el futuro no nos va a esperar, y la responsabilidad es nuestra; regenerar lo que otros destruyeron y diseñar un mundo más justo, sano y resiliente para quienes vienen después.